Carozo Jr
Ante la muerte de un gran amigo de mi familia, recuerdo la frase: "No vale llorar, porque no perdiste a nadie. El que murió, simplemente se nos adelantó, porque para allá vamos todos". Además lo mejor de él, el amor y las enseñanzas, siguen en nuestro corazón"
Es difícil encontrar palabras cuando la impotencia abruma, los recuerdos interminables no paran de golpear, recordar las charlas, las recorridas a caballo y las comidas compartidas con ese amigo que ahora ya no está aquí. La frustración de saber que nuevos momentos y experiencias quedarán pendientes ante un hecho inesperado y lamentable.
Hoy se encuentra en un lugar mejor, este gran amigo y por momentos maestro durante mi juventud. Ha partido y dejó nada más, pero nada menos que buenos recuerdos de lo grande que fue para todos nosotros. Un hombre de "antes" pero con un toque moderno, que nos mantenía a los más jóvenes que lo rodeábamos siempre cerca y atentos a sus palabras.
Lo conocí en un establecimiento rural donde vivía el primo de mi padre con su familia. Allí comencé a relacionarme con él, pero ya resultaba ser un gran amigo de la familia. Con Gilberto hace algunos años atrás fuimos como "peones voluntarios" de esa estancia, ayudando a Miguel Pereyra y su hijo. Recuerdo que le gustaba cazar mulitas en esos campos duros, a pesar de sus años y eran memorables las tardes en que contaba las travesuras de mis hermanos mayores que también conocieron a Gilberto y pasaron parte de su juventud en el establecimiento "Don José" en Cañada del Estado.
Luego, en mis épocas de estudio de ciclo básico, su casa era una parada obligada (necesaria) todos los días. Estaba trabajando o estaba en su silla frente a la casa viendo a la "gurisada" pasar. Ya no recuerdo cuántas tardes de charla tuvimos, pero fueron muchas. Sus últimos años vivió solo en su hogar, con su negocio, sus gallinas y su quinta, porque su esposa querida ya se había ido y su padre, muy anciano también.
Era un placer verlo en su bicicleta de los '50 "meta pedal" pasando frente a casa e imitando el grito de un capincho cuando veía a mamá regando las plantas. En ese momento sabíamos que su destino era la Sede del Club Nacional de Fútbol, donde jugaba al truco con sus amigos.
Hoy, no siento dolor por su partida, sólo la tristeza de no poder disfrutar con él las buenas charlas. Pero sinceramente creo que emprendió un viaje de reencuentro con quienes se le adelantaron a él también: me imagino a su esposa que no conocí, su padre a quien cuidó cariñosamente hasta los 90 y pico largos, a sus queridos amigos Raúl (Pocholo), Juan Carlos, Omar y Hugo Pereyra esperándolo, así como tantos otros que no conozco.
Pero sí contengo el dolor por la manera en que tuvo que partir. La vida es injusta por momentos, no entiendo cómo alguien que dio todo de sí durante su vida, que no ha hecho más que el bien y enseñar sus experiencias, haya tenido que sufrir ese dolor intenso hasta su partida.
Hubiera deseado que su dolor no fuera tan grande y que quienes lo queremos y extrañamos lo hubiéramos visto partir tranquilo y con tanta gratificación como la que hemos recibido de él.
Habría centenares de páginas para escribir acerca de Gilberto, pero cada uno que conoció a este Señor con mayúscula, tendrá los mejores recuerdos de él y sabrá cosechar lo que les ha dejado. No será un ¡Hasta nunca! Simplemente, se nos ha adelantado…
En nombre de El Avisador, de mi familia y de amigos que tuvimos el privilegio de compartir con Gilberto buenos momentos - que son los que debemos recordar y atesorar - envío mis saludos y condolencias a sus familiares por esta irreparable pérdida. Espero que el tiempo atempere el dolor de estos momentos y quede en el pensamiento de todos el Gilberto que conocimos, bueno, alegre, en ocasiones mostrando cierta sana picardía que hacía más atrayente su personalidad.